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sábado, 10 de agosto de 2013

Construyendo infinitos


 


–Es inmenso y enorme al mismo tiempo –dijo él.

–Así es. ¿Y es nuestro? –preguntó ella, con el asombro dibujado en la cara. Él sonrió y le acarició la frente como si con el dedo estuviera trazando un bello dibujo sobre la piel de la chica.

–Es todo nuestro –contestó muy suavemente, arrastrando las palabras y haciendo la frase eterna.

–Es infinito.

–Es nuestro infinito.

–Pero… Me darás la mano todo el tiempo, ¿verdad?

Él se llevó una mano a la barbilla y meditó un instante.

–Puedo llevarte en brazos también, cuando te canses de caminar a mi lado.

–Sabes que nunca podré cansarme si me sigues.

Los dos se sonrojaron, pero sólo el infinito fue testigo de tan digna timidez.

–Si nos separamos por el camino, por lo que sea… aunque no queramos, aunque no esté previsto…

–Búscame –se apresuró a contestar ella–. Yo estaré haciendo lo mismo, estaré buscándote.

– ¿Buscándome en todo éste infinito?- extendió la mano hacia su horizonte.

–Hasta el último rincón.

Él sonrió, y ella se rindió ante aquella sonrisa emotiva a la que tantas veces había besado.

–Agárrame fuerte para no soltarme nunca– él  le tendió la mano, y ella la estrechó con la suya –. Vamos. Caminemos, hagamos nuestro recorrido, construyamos nuestro infinito.

Ella asintió y dio el primer paso junto a él.

–Escapemos juntos…

–… A nuestro infinito.