–Es inmenso y enorme al mismo tiempo –dijo él.
–Así es. ¿Y es nuestro? –preguntó ella, con el
asombro dibujado en la cara. Él sonrió y le acarició la frente como si con el
dedo estuviera trazando un bello dibujo sobre la piel de la chica.
–Es todo
nuestro –contestó muy
suavemente, arrastrando las palabras y haciendo la frase eterna.
–Es infinito.
–Es nuestro
infinito.
–Pero… Me darás
la mano todo el tiempo, ¿verdad?
Él
se llevó una mano a la barbilla y meditó un instante.
–Puedo llevarte
en brazos también, cuando te canses de caminar a mi lado.
–Sabes que
nunca podré cansarme si me sigues.
Los
dos se sonrojaron, pero sólo el infinito fue testigo de tan digna timidez.
–Si nos
separamos por el camino, por lo que sea… aunque no queramos, aunque no esté
previsto…
–Búscame –se apresuró a contestar ella–. Yo
estaré haciendo lo mismo, estaré buscándote.
– ¿Buscándome
en todo éste infinito?- extendió la mano hacia su horizonte.
–Hasta el
último rincón.
Él
sonrió, y ella se rindió ante aquella sonrisa emotiva a la que tantas veces
había besado.
–Agárrame
fuerte para no soltarme nunca–
él le tendió la mano, y ella la estrechó
con la suya –. Vamos.
Caminemos, hagamos nuestro recorrido, construyamos nuestro infinito.
Ella
asintió y dio el primer paso junto a él.
–Escapemos
juntos…

