La primera publicación del club literario... Espero que esté al nivel...
"Al
principio, el fuego.
Fuego
en mis piernas y en mis pulmones, fuego que arrasa cada nervio y cada
célula de mi cuerpo. Así es como vuelvo a nacer, en medio del dolor: surjo de
la oscuridad entre un calor sofocante. Me abro camino desde la húmeda negrura,
llena de ruidos y olores extraños (...)
Sangro
también, cuando nazco"
Pandemonium —Lauren Oliver
La página seguía en blanco incluso después de una hora.
Tecleaba, tecleaba y borraba.
Tecleaba, tecleaba, y vuelta a borrar.
Había planteado empezar a escribir por una
razón bastante obvia: tenía la idea burbujeando en el cerebro. Pero después de
encender el portátil, la idea ya no tenía tanta fuerza. La había perdido,
porque sólo quedaban restos de ella que se disipaban a cada segundo.
Era algo desesperante. ¿Cómo siquiera
había intentado darle forma? Pues era eso, una idea. Algo abstracto…
Darle forma es complejo, aunque… no imposible.
Veamos, lo intentaré otra vez:
Pese a llover con fuerza, y a la intensidad del viento, el chico del abrigo
gris se cruzó de brazos, respiró profundo y echó a andar asiendo con fuerza el
maletín contra su costado. No había dejado de pensar en ese "estúpido
cuento" que le habían narrado. ¿Y todo por qué? Porque ella lo había
abandonado. Lo había dejado bajo el frío y estaba siendo injustamente sacudido
por el viento... Y recordó que decía así:
"Cuando se hizo mayor, su padre le
dijo: ‹‹Hijo mío: no todos nacemos con alas. Si bien es cierto que no tienes
obligación de volar, creo que sería una pena que te limitaras a caminar
teniendo las alas que te han sido dadas.››
—Pero yo no sé volar —contestó el hijo.
—Es verdad... —dijo el padre. Y,
caminando, lo llevó hasta el borde del abismo de la montaña.
—¿Ves, hijo? Este es el vacío. Cuando
quieras volar vas a venir aquí, vas a tomar aire, vas a saltar al abismo y,
extendiendo las alas, volarás.
El hijo dudó.
—¿Y si me caigo?
—Aunque te caigas, no morirás. Sólo te
harás algunos rasguños que te harán más fuerte para el siguiente intento —contestó
el padre.
El hijo volvió al pueblo a ver a sus
amigos, a sus compañeros, aquellos con los que había caminado toda su vida.
Los más estrechos de mente le dijeron: ‹‹¿Estás
loco? ¿Para qué? Tu padre está loco... ¿Para qué necesitas volar? ¿Por qué no
te dejas de tonterías? ¿Quién necesita volar?››.
Los mejores amigos le aconsejaron: ‹‹¿Y si
fuera cierto? ¿No será peligroso? ¿Por qué no empiezas despacio? Prueba a
tirarte desde una escalera o desde la copa de un árbol. Pero... ¿desde la cima?››.
El joven escuchó el consejo de quienes le
querían. Subió a la copa de un árbol y, llenándose de coraje, saltó.
Desplegó las alas, las agitó en el aire con todas sus fuerzas pero,
desgraciadamente, se precipitó a tierra.
Con un gran chichón en la frente, se cruzó
con su padre.
—¡Me mentiste! No puedo volar. Lo he
probado y ¡mira el golpe que me he dado! No soy como tú. Mis alas sólo son de
adorno.
—Hijo mío —dijo el padre —. Para volar,
hay que crear el espacio de aire libre necesario para que las alas se desplieguen.
Es como tirarse en paracaídas: necesitas cierta altura antes de saltar.
Para volar hay que empezar asumiendo
riesgos.
Si no quieres, lo mejor quizá sea
resignarse y seguir caminando para siempre".
Déjame que te cuente —Jorge Bucay
Por Princesa Solitaria, escritora y lectora compulsiva. Club literario "Vidas de Tinta y Papel".





